La temida recesión se ha hecho efectiva. Durante dos trimestres consecutivos la economía española ha caído como consecuencia de la crisis interna que azota al país desde hace ya más de un año.
El origen de la crisis se encuentra en el final de la fase expansiva y en los inevitables procesos de ajuste derivados de esta circunstancia, a través de los cuales se corrigen los desequilibrios generados durante la misma. Así, por una parte, el elevado endeudamiento de los hogares, unido a los altos tipos de interés, y, en la primera mitad del año, al encarecimiento de los productos básicos, se ha traducido en una importante contracción del gasto y en la paralización de la inversión residencial. La bajada del precio de los activos inmobiliarios, asimismo, genera un efecto riqueza negativo que refuerza la tendencia a la baja del consumo, y genera expectativas de mayores bajadas que producen el efecto de retrasar las decisiones de compra de vivienda, haciendo más profunda la caída de actividad en el sector inmobiliario. Por otra parte, el abrupto final de la expansión inmobiliaria ha dejado un sector de la construcción sobredimensionado que requiere fuertes ajustes en el empleo y en el nivel de actividad para adecuarse a las nuevas condiciones de una demanda más sostenible. Asimismo, la fortaleza de nuestra moneda hasta hace pocos meses, el incremento de los costes laborales y financieros, el absentismo laboral y los altos costes de transacción derivados de la ruptura de la unidad de mercado en España están provocando una creciente pérdida de competitividad, que se ha manifestado, fundamentalmente, en la caída de la producción industrial.
Desde la patronal CEOE y desde el propio Banco de España se vislumbra un panorama sombrío para los próximos años y se reclaman medidas estructurales, sobre todo en el ámbito laboral, de forma urgente para poder empezar a crecer de nuevo.
